«No será fácil el futuro», un cuento de La isla inestable, de Samuel Rodríguez Medina

 

No será fácil el futuro

 

Veinte años que de sentencia me den

Con gusto voy mi delito a pagar

Pero antes quiero vengarme también

 del que me hizo criminal.

 

Los Cadetes de Linares

Un hijo de puta, es que era un hijo de puta. Todavía conservo la fotografía que tomé en el momento que rogaba por compasión. No me da pena decir que momentos antes de su muerte sentí un dulce placer enfermo.

–Mire, Fantasma, este es el nuevo maestro, quiero que lo entreviste –dijo mi jefe mostrándome la foto de un chico de algunos 29 años, de sonrisa fresca y semblante relajado. El asunto en principio no me llamó la atención, ¿quién diría que unos días después acabaría yo mismo envuelto en la muerte de aquel infeliz?

Pasaba mis noches en el Beto’s bar cerca del centro, un sitio digno de los sueños de un cocainómano. Llegaba, tomaba algunas cervezas, aspiraba algún polvo, regocijaba la vista con las bellezas circundantes y me dedicaba a escuchar las conversaciones de las mesas de al lado. No sin fantasía se hablaba de lo común: de muertes, mutilaciones, engaños, fraudes, robos de banco, una vez incluso tuvimos una pelea de gallos, los animales se mataron casi instantáneamente ante la decepción de los participantes. Ahí pasé el verano, el lugar era fresco, el alcohol barato y la vida se aceleraba a niveles inimaginables. Ahí conocí al Rompeolas, uno de esos tipos a los que no les importaría pasar el resto de su vida en la cárcel por unos pesos, un tipo despreciable y encantador. Cuando lo conocí era tuerto, escuché su historia y le di unos pesos para su operación. Al día siguiente se había equivocado de ojo, me volvió a pedir dinero, esta vez solo le di una cerveza y una patada en el culo. Fui largamente ovacionado por todo el bar.

–Bien, ahí, Fantasma –me dijo el barman–, por aquí se rumoraba que le faltaban huevos, o que los tenía de paloma.  Me ofreció un par de dosis y puso mi foto en el espejo de la barra. Yo lo tomé como un tributo a mi valentía y bebí a la salud de todos. El Rompeolas y yo volveríamos a encontrarnos en otras circunstancias.

Pedí al jefe que me dejara escribir sobre el Beto’s bar. Ni siquiera me miró, lo odié con una intensidad maniática.

–Haga lo del nuevo maestro y no me esté jodiendo, Fantasma, sus reportajes sobre lugarcitos de mierda esos escríbalos en Somos, si quiere. Hoy lo esperan en la Oficina de Educación a las tres. Lleve todo lo necesario, no dependa de su memoria que luego lo pone al borde del despido, pague sus propios taxis, se los pagaremos como siempre al final del año.

Llegué a la Oficina de Educación un poco antes de la hora, una señorita con cara de culo me pidió mi nombre y me tuvo esperando veinticinco minutos sin mirarme, buscando su agenda en el sistema de citas.

–Ah, sí, pasé, siéntese. El licenciado lo está esperando –me dijo como quien le habla a un saco.

El licenciado me hizo esperar otros veinticinco minutos, la señorita me indicó que su jefe tenía que salir repentinamente y que el nuevo maestro llegaría en cualquier momento. El nuevo maestro me tuvo esperando otros veinticinco minutos. Llegó enfundado en un traje azul metálico, zapatos negros de charol y calcetines blancos, como Michael Jackson según sus propias palabras, aroma a perfume de Avon y un extraño bigote que no tenía en la foto que vi en el diario. Conversó con la señorita, se me acercó lentamente, saludando a cuantos se le cruzaban por el camino.

–Usted debe ser el Fantasma, ¿Así se llama, el Fantasma? –me dijo con una sonrisa imbécil.

–Digamos que sí –dije sin inmutarme.

–¿Usted es sueco o por qué es tan blanquito?

–No me gusta que me dé el sol, hay tanto pendejo bajo sus rayos –dije mordiendo las últimas palabras y sin quitarle la vista de encima.

–¿Será usted el encargado de la entrevista o será su jefe? –preguntó con un dejo de inquietud.

–Mi jefe no es periodista, es ingeniero agrónomo, pero si quiere le digo que venga. Quedaría perfectamente para esta entrevista.

Empezamos luego de un incómodo silencio.

No tenía ni la más mínima idea de lo que se trataba la entrevista. Así que lo dejé hablar, no dejaba de referirse a sí mismo como el futuro, como el culmen de la educación, como el último Prometeo. Luego entendí que este espécimen mal maquillado y con calcetines blancos como Michael Jackson había sido seleccionado y entrenado para ser el maestro de todos. Según su discurso, el gobierno de la república estaba a punto de iniciar con él una reforma educativa: habría un maestro único para todos los niños del país, querían evitar dobles criterios, confusiones, querían asegurarse de que los chicos pensaran como se debe y no como les propusiera cualquier profesor. Habían firmado un gran contrato con la televisora más grande del país para transmitir al maestro universal repetido hasta el infinito para todos los grados, para todas las escuelas. En unos días el rostro del maestro de todos aparecería en los camiones, en las avenidas, en los mini anuncios de los mingitorios de los bares, en los aparadores.

–Todo el país será territorio de la educación, por fin erradicaremos la ignorancia que tanto daño hace en nuestro mundo –dijo el chico con esa voz bien timbrada y llena de llagas espirituales–. Los maestros son innecesarios, Fantasma –me dijo haciendo pausas que nadie le pedía–, son muchos, son caros, son ineficientes, son ingobernables, habrá que prescindir de ellos por el bien de la patria, por el bien del futuro. Al verme a mí, usted está viendo a la cifra de la educación universal. Conmigo al frente, los niños aprenderán a pensar y nuestro país estará seguro de que se aprenda lo necesario para honrar a la patria y para mejorar para siempre al ser humano, todos estarán listos para trabajar en lo que se les mande. Míreme como vería a Gandhi, Fantasma, lo digo sin soberbia.

Un hijo de puta, claro está, pensé para mis adentros; no duraría ni cinco minutos en el Beto’s.

–Los maestros como los conocemos estarán encargados de las tareas menores, en breve la figura del maestro abnegado que prepara su clase y asiste al salón será parte del pasado. Pero no se preocupe, gradualmente los profesores serán integrados en distintas áreas del aparato de gobierno y de la economía global –dijo con celeridad burocrática–, hacen falta secretarias, peinadoras para la televisión, vigilantes en las calles, agentes aduanales, policías de barrio, guardaespaldas para los secretarios, recogepelotas en los estadios, maleteros en el aeropuerto, vendedores de seguros, constructores de pancartas para partidos políticos, barrenderos, comerciantes, almacenistas en tiendas de víveres, fabricantes de comida para pez, ahorradores de energía, dobles de cine, cargadores de turistas, en fin, de todo. En breve surgirá la Secretaría de Tareas, que controlará las labores de clase a distancia, y la Secretaría de Educación, que será la que maneje mi imagen y evalué a los chicos. Todo está listo, yo soy el futuro, el pasado solo nos estorba, escriba eso, por favor –me dijo revisando mis notas.

Llegué al Beto’s con un largo malestar subiéndome por las venas. Pronto las calles estarían invadidas por el rostro bien parecido de semejante imbécil y yo sería el primer engranaje de la mierda. “El sufragio universal” de Asimov no dejaba de resonar en mi cabeza. Bebí un par de tragos, pasaba la medianoche, el polvo subía a mi conciencia, la gente bailaba en una pista improvisada, pasaban frenéticamente de Los Cadetes de Linares a Jim Morrison, de Rigo Tovar a Johnny Cash, de los Tigres del Norte a la quinta de Beethoven, de Paquita la del Barrio a Juana de Ibarbourou, de Paco Stanley a Marcel Marceau. De pronto alguien pidió el Beto’s special, una bebida misteriosa con sabor a limón y a ron barato cuyos agitadores eran muy parecidos a huesos humanos. En principio sonreí por la ocurrencia. Excelentes imitaciones de hueso, dije sorprendido. Quienes me escucharon rieron en voz alta, complacidos. Bebí más de cinco, el mundo giraba. Un cuerpo yacía en el gran bote de basura del baño.

La entrevista saldría en breve, nuestro periódico había sido seleccionado para ser el medio oficial del lanzamiento del maestro de todos. Esa noche me quedé viendo Buenos muchachos de Martin Scorsese, dormí o dormité, en el mismo VHS estaba también Taxi driver. Entre el sueño y la vigilia algo se encendió en mi alma, un fuego demoledor que no podría apagar hasta cumplir con mi destino. A la mañana siguiente entregué en el Video Centro la cinta sin rebobinar. Fue un primer acto de rebeldía. Debo actuar pronto, me dije a mí mismo justo al llegar a la oficina. No me presenté a trabajar, caminé al Beto’s en la soledad de la tarde, una idea rondaba en mi cabeza. Tomé como una señal el encuentro con el Rompeolas justo en la entrada del bar. Lo vi moverse entre las sillas, se cambiaba el parche continuamente, me miraba de reojo, ante la insistencia de mi mirada decidió hacerme compañía.

–Y, Fantasma, ¿a quién hay que matar? –me dijo mientras picaba la mesa de madera con un cuchillo sin filo.

–No lo sé, Rompeolas, es que no lo sé.

–Usted tiene ganas de matar, se le nota en los ojos, aúllan de rabia, y quiere que yo lo haga.

–Se equivoca, quiero matarlo yo, con mis propias manos –dije después de un breve silencio–. Lo que quiero es que usted se incrimine.

No me miró ni se inquietó. Sopesó la situación unos instantes.

–¿Cuánto paga?

–Lo suficiente, pero ni un centavo más –dije conteniendo la respiración.

Quise preguntar para qué quería el dinero un tipo que quizá pasaría el resto de sus días en la cárcel, pero evité cualquier comentario que entorpeciera las negociaciones. Lo cierto es que podía conseguir la pasta en un fondo de ahorros que unos amigos altruistas tenían a disposición de causas justas, el fondo se gestionaba desde Montevideo, no era mucho, de hecho, no podría conseguir más de cincuenta mil pesos.

–Sabe, Fantasma, yo ya soy grande –me dijo en un ataque de serenidad–. Lo más probable es que me maten por ahí en alguna pelea. Me falta un poco de plata para acabar de pagar la casa donde vive mi hermana, son cuarenta y cinco mil pesos, si me los da mañana, matamos hasta al Papa, si quiere.

Pedí prestado el teléfono del lugar, llamé precipitadamente a Montevideo, el caso les interesó. Me autorizaron cincuenta y cinco mil pesos con el único requisito de que la noticia saliera en un diario para comprobar su veracidad.

–La demanda es cabrona, Fantasma, ahora quiero cincuenta –me dijo el Rompeolas mientras picaba la mesa.

Me rehusé por amabilidad, negociamos, luego de insultarnos profusamente el pago quedó en 48,999 pesos, que se entregarían en una semana. La marcha de la muerte se había activado.

El Rompeolas siguió al maestro de todos, me contaba que asistía a la instalación de la televisora, grababa su clase, revisaba las ediciones, una antena repetidora llevaba el contenido hasta los rincones más alejados del país. En un año debía grabar todas las clases de la educación elemental y un año después las de educación secundaria, él sería la memoria del mundo, ese tipo, con sus calcetines blancos y su bigote de Magnum sería la ominosa voz de la miseria humana. Descubrimos que el chico vivía solo en una casa antigua y bien conservada allá por el rumbo de la catedral. Sus horarios eran rígidos, trabajaba hasta los fines de semana, el único momento en que podríamos matarlo era de madrugada, entrando a su casa desde antes. La colonia estaba poco vigilada, no había más de tres o cuatro vecinos ancianos, la ausencia de perros era notable.

–¿Y cómo quiere matarlo, Fantasma?, ¿con un hacha?, ¿le metemos una bala en las huevas?, ¿lo envenenamos con Coca-Cola?, ¿le damos a tragar cucarachas hasta que reviente el muy hijo de puta?

–Pues no lo había pensado, Rompeolas, en este momento ya me da igual.

–Usted no sabe matar, Fantasma, uno se mata un poco cuando mata incluso a puñetas como ese. Luego acaba uno perdonándose la vida cada día. Lo veo un poco inquieto, mire, ¿sabe qué?, usted me cae bien, al final yo lo mato si quiere, deme esos seis mil pesos que se quiere meter a la bolsa y lo mato como usted me diga.

Un silencio atroz nos invadió las intenciones.

–Ve, la desventaja de ser albino es que rapidito se le sube la sangre; ande, preste el dinero. Mañana lo matamos al puto loco ese. De pronto, las notas de Luis Armstrong y What a Wonderful World envenenaron bellamente la atmósfera enrarecida del bar. Bebimos en silencio, la noche ya estaba rota.

Caminé a casa con el pensamiento de la muerte hirviendo en mi cabeza. Después de mañana pasaría a engrosar las filas de los que matan, el pensamiento me estremeció, ¿podría de verdad matar?, ¿y si me gustaba tanto que luego no podría dejarlo? Las entrañas se me revolvían entre la derrota de la conciencia y el odio visceral que le tenía al maestro de todos, con su bigote perfecto y esos calcetines blancos que no hacían más que enardecer mis deseos de desaparecerlo para siempre. El maestro de todos ni siquiera había estudiado magisterio, me dijo que lo habían encontrado en una de las famosas tiendas de ropa MARA, era modelo y vendedor, ahí lo detectó la Secretaría y creyó que era el hombre perfecto para ser la voz y el cuerpo de la luz de la llamada nueva educación.

El Rompeolas pasó por mí a las seis de la tarde del día siguiente. Caminamos en silencio por las sucias avenidas del centro de la ciudad, la tenue llovizna se transformó de pronto en una tormenta eléctrica.

–Parece que los dioses están inquietos –dijo el hombrecillo moviendo la cabeza–. Mire –me enseñó una navaja, un par de revólveres de bolsillo y dos o tres macanas con picos en la punta–, se va a poner bueno, Fantasma –dijo con un placer demoniaco palpitando en su mirada.

Entramos a la casa por una ventana, nadie en el barrio notó nuestra presencia.

–Lo mata directamente y sin dudar. Se suele rezar un poco si quiere, si lo odia demasiado, también se puede mear encima del muerto, o antes, para luego no perder tiempo en la huida, usted decida. Luego llama a la policía desde el primer teléfono público, tenga, aquí tiene una tarjeta de Telmex, tiene 4 pesos nomás, aprovéchelos sabiamente. Y yo aquí me espero tranquilito, me mancho un poco las manos de sangre, si quiere deme un golpe o algo para que esto parezca que hubo una pelea, estaría muy bien –dijo el Rompeolas con un total control de las circunstancias.

Ni siquiera pude pegarle, lo intenté un par de veces, pero algo me detenía.

–Mire, Fantasma, si no me puede ni pegar, ¿cómo mierdas va a matar? –me dijo mientras se pegaba en la frente repetidamente contra una pared hasta hacerse sangrar.

En la cocina había un vino viejo, bebí para aflojar los nervios, por la casa aparecían ya los pósters en tamaño grande y mediano del rostro del chico anunciando el gran programa educativo nacional, un par de relámpagos sacudieron el instante.

–Mírelo –dijo el Rompeolas–, todo un Sócrates, un puto merolico de mierda, merece morir mil veces. Oiga, pero si mata a este ponen a otro, y a otro y a otro, no me diga que los va a matar a todos.

No le contesté, seguí paseando por la casa.

Las horas pasaban lentamente, el Rompeolas durmió o dormitó, nos colocamos en la habitación. Ni un ruido perturbaba el silencio, un par de relámpagos agitaron la noche, dos o tres ráfagas de viento, pero nada más.

Lo recuerdo suplicando por su vida, llorando como un niño, para entonces la tormenta y los relámpagos ahogaban cualquier voz. Fue en ese momento que le tomé una foto. El Rompeolas esperaba en una esquina, me había colocado un fusil en la mano, él llevaba el otro. Ande, Fantasma, mátelo, mátelo, mátelo, mátelo, mátelo, mátelo, mátelo, mátelo, mátelo, ahora, mátelo. El maestro de todos se revolcaba en el miedo, yo no hice nada, decía, los calcetines blancos centellaban en medio de la tiniebla que era rota por suaves relámpagos. Es ahora, Fantasma, el Rompeolas se acercó con una navaja, me la dio, la tomé tambaleante, quizá con placer, y también con culpa. Por fin estaba decidido, el cuarto a oscuras era tenuemente iluminado por la luz de la sala, de pronto, un gran trueno nos dejó a ciegas, sentí un empujón, caímos sobre el cuerpo, sonó un disparo, una humedad caliente subió desde el piso, cuando la luz regresó lo primero que vi fueron esos calcetines blancos ya húmedos de sangre. La cara muerta del chico estaba pálida y llena de miedo.

Retrocedí asustado. El Rompeolas seguía pegando al cadáver.

–Toma, hijo de puta, toma, eso te pasa por insultar así la memoria de Sócrates, tú no eres maestro ni nada, eres un hijo de puta. Ande, vaya y llame a la policía, Fantasma, aquí me quedo a rematar a este muerto hijo de las mil putas.

Antes de salir, noté que el cuerpo del chico sangraba por una sola herida.

El Rompeolas fue capturado dos horas más tarde, el juicio fue monumental. Lo sentenciaron a trescientos cincuenta años de prisión, y diez años más por insultos al presidente. La nota fue famosa en todo el mundo, un vengador de la educación lo llamaban unos, asesino sin entrañas, lo llamaban otros. El Rompeolas parecía disfrutar de esa fama, su foto sustituyó a la del maestro de todos en los noticieros, eso acabó por encumbrarlo en la mitología del barrio y de llevarlo al sitio de honor en el altar del Beto’s bar. Fue encontrado muerto en su celda unos días después.

 

Me dicen, el asesino por ahí

con gusto voy mi delito a pagar

 

Las notas de Los Cadetes de Linares sonaban a media voz mientras entraba al Bar, esta vez con mi jefe.

–Tiene que hacer un reportaje sobre la muerte del maestro de todos, Fantasma –me dijo el jefe seriamente–. Quiero algo realista, como si usted hubiera estado ahí, entreviste a los amigos del asesino o a su hermana, que le describan la escena, quiero sentir en el reportaje esa sangre, esos gritos, háganos una foto del crimen –Sudé un poco–. Yo tampoco creo mucho en ese programa –continuó el jefe–, me parece ominoso, van a matar a la educación, carajo, con gente como esa no será fácil el futuro. Casi me alegra que lo mataran. ¿Qué se puede tomar acá? Está un poco sucio todo. ¿Por qué hay fotos suyas aquí? No sabía que fuera tan famoso.

No dejaba de hablar, su voz burocrática y falaz ofendía la magia del lugar. No dije nada y le pedí un Beto’s special. El barman sonrió, la bebida llegó en su tamaño extragrande, con su agitador y dos o tres fiambres para picar.

–Mire qué interesante imitación de hueso –dijo el jefe; los demás comensales rieron estrepitosamente, un gran trago logró inundar sus demonios por un momento–. No se está del todo mal aquí, Fantasma –me dijo serenamente por primera vez en su puta vida.

Las notas de los Cadetes volvían a resquebrajar la noche:

 

Ya está en el cielo juzgada de dios

Si allá de lo alto

 si acaso me ve

Sabrá la ingrata que tuve razón

 

Bebimos hasta el amanecer. Mi propio rostro me veía desde el espejo del bar, un poco de polvo y varios Beto’s special acallaron mis voces. En mi saco, la foto del maestro de todos se maceraba para siempre en la incertidumbre de la muerte.

 

Fin.

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