Prensa argentina

La historia detrás de “El principito”

En la Francia de posguerra, allá por 1919, el gobierno no sabía qué hacer con los aviones que habían quedado varados en medio de la destrucción que había sacudido al país. Hasta que un industrial presentó un proyecto innovador que revolucionaría el mundo: pensó que aquellos aviones podrían servir para agilizar el correo, hasta entonces marítimo. Así es como nació la Áeropostale, cuyo objetivo era conectar tantos puntos del globo como fuera posible.

Esta es la misión que llevó a tres jóvenes pilotos franceses a Argentina en 1929, entre los que se encontraba Antoine de Saint-Exupéry, de 29 años de edad. El proyecto obtuvo el nombre de Aeroposta Argentina, la antecesora de Aerolíneas Argentinas. Junto a su Laté 25, Saint-Exupéry recorrió todo el país y trabajó en crear las rutas aéreas del sur. Vivió experiencias de todo tipo mientras cumplía con su trabajo, desde unos trágicos cinco días sobrevolando los Andes en busca de su compañero y amigo que se había extraviado con su avión, hasta una inusual adopción; en uno de sus viajes se encariñó tanto con una foca bebé que se la llevó a su departamento en Buenos Aires, el 605 del sexto piso de la Galería Güemes, y la tuvo viviendo en su bañera.

Una tarde en la que se encontraba volando sobre Concordia, Entre Ríos, su avión se descompuso en los jardines del castillo San Carlos. Allí conoció a Suzanne y Edda Fuchs, de 9 y 16 años de edad respectivamente, a quienes llamaría “princesitas argentinas” en un artículo publicado en diciembre de 1932, tres años más tarde. La familia de origen francés lo acogió los días que le llevó arreglar el desperfecto, y en su estadía descubrió que convivían con zorros domesticados y que incluso había algunas víboras en aquel remoto lugar. Los jardines estaban decorados con abundantes rosas al cuidado de la madre de las niñas. Esta historia tal vez les resulte un tanto familiar a quienes leyeron la más emblemática de las obras que escribió el autor. Sin embargo, no terminan aquí los hechos que inspiraron El principito.

El accidente aéreo se repitió años después, el 30 de diciembre de 1935, en el desierto del Sahara, lugar donde el piloto del libro conoce al principito. Fueron unos días duros sin bebida más que unos pocos tragos de vino. Estaba tan deshidratado que al tercer día dejó de transpirar, según contó posteriormente. La misma deshidratación, mezclada con el calor, le hizo tener alucinaciones en las que, desamparado, se enfrentaba al niño que había sido alguna vez, quien buscaba contagiarle su esperanza.

Hasta aquí tenemos un claro panorama de algunas de las vivencias que inspirarían El principito. Aunque esto no es todo. Saint-Exupéry aún necesitaba un último empujón para comenzar a escribir la corta novela que lo volvería inmortal.

Años después, el autor, que había servido como piloto al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, se vio obligado a exiliarse a Nueva York cuando los nazis invadieron Francia. Allí fue sumamente miserable. No solo no sabía inglés, sino que jamás logró adaptarse al ritmo de la ciudad que nunca duerme. Escribió cartas a sus amigos y decoró los márgenes con el dibujo de un niño rubio con bufanda que más tarde se convertiría en el principito. Sus amigos lo alentaron a que hiciera algo con esos dibujos inspirados en él mismo en su infancia. Así fue que compró un cuaderno y unas acuarelas y comenzó a escribir –y dibujar– la historia de aquel muchachito de cabellos dorados mientras a su vez recorría Manhattan y Long Island.

Otro factor importante en el libro es la nostalgia por la patria abandonada y destruida bajo las manos de los nazis, quienes ocuparon Francia por más de cuatro años. En el capítulo seis escribió: “Todo el mundo sabe que cuando es mediodía en los Estados Unidos el sol se pone en Francia. Bastaría poder ir a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol. Desgraciadamente, Francia está demasiado lejos”. Añoraba el país que había tenido que abandonar y a los amigos que habían quedado allá. Uno en especial, su mejor amigo, es mencionado en la obra: León Werth. Mientras que la invasión nazi había hecho que Saint-Exupéry cruzara el Atlántico, este periodista francés y judío migró a Saint-Amour, cerca de la frontera con Suiza, donde pasó un largo tiempo oculto. A él le dedicó El principito, y se excusó con los niños por haberle dedicado la obra a un adulto de la siguiente manera, haciendo alusión al tormento que su amigo se veía obligado a vivir: “Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo”. Un año más tarde, publicó Carta a un rehén, también escrita para León Werth.

Lejos de su esposa, Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña, el escritor vivió en Nueva York como un soltero. Frecuentó a numerosas mujeres, quienes también tendrían su aparición en El principito. Con el recuerdo de aquellos jardines que había conocido veinte años antes en las afueras de Concordia, decidió representar a su esposa como una rosa, la misma que el principito cuida en su planeta, a quien él admira profundamente por su belleza, tal como Saint-Exupéry solo tenía ojos para Consuelo antes de partir de Francia. Cuando el protagonista viaja a la Tierra, ve que hay otras miles de rosas iguales a las que él conocía, las amantes que el autor había tenido en los Estados Unidos.

Mezcla de recuerdos de una lejana tierra perdida en un rincón de Argentina que dejó una profunda huella en su alma en solo una breve estadía, un percance en el Sahara, una guerra larga y sangrienta, y una profunda conexión con la infancia propia, El principito se convirtió en la segunda obra más traducida y vendida del mundo después de la Biblia e inspiró tanto a niños como a adultos, aunque tal vez más a estos últimos.

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